CHISMES: DIFERENTES A LOS RUMORES; GENERAN ENDORFINAS A LOS CHISMOSOS

ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta
Febrero 10 de 2020

Artículo dirigido al gobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco Bravo, con la esperanza de que lo lea y evite ser sorprendido.

De entrada contaré una anécdota sobre el mejor gobernador que ha tenido Morelos.

Apenas habían transcurrido las primeras semanas de su entronizamiento al frente del Poder Ejecutivo (1982), Don Lauro Ortega Martínez escuchó la ridícula sugerencia emitida por algún miembro de su “círculo rojo”. Se trataba de un sujeto con las características propias de los oportunistas, de esos que abundan cuando ciertos hombres llegan al poder.

Con demasiada ingenuidad le propuso al galeno de Xochitepec:

“Haría usted bien, doctor, en carear a quienes le vengan con chismes, porque ha de saber usted que Morelos está plagado de chismosos y mentirosos”.

Ante ello, Don Lauro respondió: “¿Entonces para qué me sirve el criterio?”.

Viejo lobo de mar en la política mexicana, aquel hombre conocía a la perfección la esencia natural de politicastros, politicones y politiqueros de nuestra entidad gracias a su experiencia conseguida durante décadas regodeándose con lo más granado de la política nacional y del gobierno federal.

Don Lauro sabía, pues, que muchos hombres y mujeres vinculados de alguna manera u otra con el sector público son mitómanos.

Debido a que esta patología sigue latente hasta hoy dentro de los tres órdenes de gobierno, con personeros del “corre ve y dile” que así buscan conseguir o mantener chambas, es importante saber qué es la mitomanía.

Del griego mythos (mentira) y mania (modismo), se define mitomanía como el trastorno psicológico consistente en mentir de forma enfermiza continuamente distorsionando la realidad y haciéndola más soportable; el mitómano sublima su impulso transformándolo en arte.

El mitómano tiene una tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciendo la realidad de lo que se dice. Con frecuencia, el enfermo, de carácter más bien paranoide, desfigura mentirosamente la propia idea que tiene de sí mismo, magnificándola (delirio de grandeza) o simplemente disfrazando unos humildes orígenes con mentiras de todo tipo, de forma que llega realmente a creerse su propia historia y se establece una gran distancia entre la imagen que tiene la persona de sí mismo y la imagen real. Muchos famosos (cantantes de pop, celebridades de diez minutos, etcétera) han padecido esta patología.

Aquí me referiré a una pequeña porción de la célebre obra de Juan Ruiz de Alarcón, La verdad sospechosa, escrita entre 1618 y 1621 antes de la muerte del rey Felipe III. Su texto definitivo apareció en la segunda parte de las comedidas alarconianas, en 1634.

Tiene como escenario principal Madrid, donde el mentiroso Don García conoce a Jacinta y a Lucrecia. El personaje principal está enamorado de doña Jacinta y, a fin de ganársela, inventa toda una red de mentiras que dan sentido a la historia. Al final, Don García reconoce sus errores y recibe un merecido castigo por sus embustes.

Múltiples pasajes pueden utilizarse para establecer una analogía con las mentiras expresadas a menudo por los políticos, de las cuales somos víctimas los mexicanos en lo general y los morelenses en lo particular.

El chisme siempre suele funcionar del mismo modo: hay un hipócrita que crea una patraña para que el chismoso lo difunda y el ingenuo lo crea sin resistencia.

La epidemia de los chismes solo termina cuando, por fin, llega al oído de la persona inteligente, a ese corazón vacunado que ni atiende ni responde a lo que no tiene sentido.

En un libro del psicólogo social Gordon Allport titulado “La psicología de los rumores” se explica algo realmente curioso: los chismes sirven a diversos grupos de personas para cohesionarse entre sí y posicionarse frente a alguien. A su vez, estas conductas les son placenteras, liberan endorfinas y logran combatir el estrés.

La lengua no tiene huesos y, sin embargo, es lo bastante fuerte para hacer daño y envenenar a través de chismes y rumores. Un virus letal que solo se aplaca cuando llega a oídos de la persona inteligente.

El chisme se convierte en muchos casos en un mecanismo de control social que otorga cierto poder a quien lo practica. Se posiciona en el centro de atención de ese grupo de personas receptivas siempre a cualquier chisme, a cualquier información sesgada, con la cual, salir de sus rutinas y aprovechar ese estímulo nuevo a modo de distracción.

Tal y como suele decirse, los chismosos no saben ser felices. Están demasiado ocupados en camuflar sus amarguras en tareas vanas y superfluas donde validar inútilmente su autoestima.

LAS TRES PREGUNTAS; VERDAD, BONDAD Y UTILIDAD

Cuenta la historia que un día un conocido de Sócrates le preguntó:
¡Sócrates! ¿Sabe lo que acabo de escuchar de uno de sus estudiantes?

Espera – dijo él – antes de que me cuentes nada me gustaría hacerte tres preguntas. La primera está relacionada con la verdad, ¿estás seguro de que lo que vas a contarme es cierto?

No – respondió el conocido – acaban de contármelo.

Vaya, no sabes si es cierto no, de acuerdo, ahora la segunda pregunta. Está relacionada con la bondad, lo que vas a decirme de mi estudiante, ¿es algo bueno?

No… – respondió.

Así pues – interrumpió Sócrates – vas a decirme algo malo de otra persona sin saber si es verdad o no. Veamos, la tercera pregunta está relacionada con la utilidad, lo que vas a contarme, ¿será provechoso para alguien?

En realidad… no…

Bien, bien – respondió el filósofo – quieres contarme algo que no sabes si es verdad, tampoco es bueno y no sirve de provecho. Entonces, ¿por qué hablar sobre ello? ¡Vete de aquí con tus infundios y bulos!

Sin duda alguna, Sócrates era un hombre inteligente.

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