EL “CUAUH” DEMOSTRÓ SU ESENCIA EN EL CORUCO DÍAZ DE ZACATEPEC

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Diciembre 16 de 2019

Hace muchos años se pusieron a la venta los coleccionables muñecos cabezones del Club América, que actualmente pueden adquirirse a precios altos en Mercado Libre y Segunda Mando, por citar dos firmas abastecedoras de tales productos. Yo los compré en algún puesto de periódicos y revistas –insisto, hace varios lustros- porque cualquiera sabe que soy seguidor de dicho equipo desde hace casi cinco décadas.

Entre los cabezones que adquirí se encontraba la figura alusiva a Cuauhtémoc Blanco, en quien siempre he reconocido su trayectoria deportiva bien labrada a lo largo de 20 años. No en vano está registrado como uno de los más importantes ídolos del balompié, tanto en México como en otras partes del mundo.

El viernes de la semana pasada, en el estadio Agustín Coruco Díaz de Zacatepec, se realizó un partido amistoso, benéfico para el Sistema DIF Morelos, a convocatoria del varias veces citado personaje. Vinieron afamados futbolistas, quienes, a pesar de ello, no consiguieron más que una magra entrada al Coruco Díaz.

En un bando se encontraba la escuadra comandada por Cuauhtémoc Blanco y en la otra la del famosísimo Ronaldinho Gaúcho, el legendario astro brasileño, quien de esta forma está anunciando su retiro de las canchas, tal como el propio Blanco Bravo lo hizo a finales de 2014, siendo jugador del equipo Puebla, para lanzarse a la búsqueda de la presidencia municipal de Cuernavaca bajo las siglas del Partido Social Demócrata (PSD) y con un lucrativo contrato de 8 millones de pesos.

Y una vez más, en Zacatepec, Cuauhtémoc Blanco demostró su verdadera esencia: la de un experimentado, feliz y realizado jugador que, en lugar de estar al frente del Poder Ejecutivo morelense, debería dirigir a la Selección Nacional de México. Blanco es un ídolo del deporte de las patadas, pero la política no se le da, ni se le dará porque no es su fortaleza. No nació para esto.

Fuera máscaras: todos, absolutamente todos los funcionarios de primero y segundo nivel en el gobierno estatal saben que quienes realmente gobiernan y ejercer el poder son el hermano del “Cuauh”, Ulises Bravo Molina, y el secretario de Gobierno, Pablo Héctor Ojeda Cárdenas, dupla que consiguió relegar a un tercer plano a José Manuel Sanz Rivera, jefe de la Oficina de la Gubernatura, quien a estas alturas del partido, por dignidad, debería presentar su renuncia. Ya nadie lo toma en serio, aunque cabe subrayar que Blanco lo mantiene al frente de los negocios a través de la Unidad de Contratos y Licitaciones, donde Sanz tiene colocado a un incondicional suyo, otro ex futbolista de nombre Luis Efrén Hernández Mondragón, ex ariete del equipo Celaya.

La organización Morelos Rinde Cuentas documentó hace unos días el tiempo trabajado por Cuauhtémoc Blanco durante un año, contando a partir del 1 de octubre de 2018, hasta la misma fecha de 2019. Simple y sencillamente estuvo ajeno a las actividades gubernamentales la mayor parte de ese lapso. Y esto, insisto, tiene una explicación: por más buena onda y buena gente que pretenda ser, el gobernador no tiene experiencia ni antecedentes en la administración pública. Por eso ha dejado la responsabilidad en dos de sus más cercanos y fieles colaboradores: Mirna Zavala, secretaria de Administración, y Alejandro Villarreal Gasca, titular de la Secretaría de Hacienda, a quien han querido derrocar Ulises Bravo y Pablo Héctor Ojeda, sin conseguirlo… hasta el momento.

Conclusión: muchas veces me he referido al voto emocional que en julio de 2018 favoreció a Andrés Manuel López Obrador, mismo sufragio que, en cascada, llevó a Blanco Bravo a la gubernatura.

Entre los miles de votos captados por la coalición del tabasqueño, indudablemente se encontraban los de inchas futboleros que no razonaron y proyectaron hacia el Poder Ejecutivo de Morelos a alguien incapaz para la complicada acción de gobernar y encauzar el esfuerzo de los morelenses hacia su desarrollo integral. Por esta y muchas otras causas, Morelos es una entidad mediocre, tan frecuentemente saqueada por los grupos gobernantes en turno.

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