EL DEPLORABLE ASPECTO DE CUERNAVACA Y LA NECESIDAD DEL “LANDSCAPING”

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta
Diciembre 31 de 2019

Quizás para nuestros lectores no signifique nada la palabra “landscaping” (del idioma inglés) que, más allá de su acepción original, constituye una industria en países desarrollados.

Traducido al castellano, dicho término significa “paisajismo”, cuya definición nos remonta al diseño de parques y jardines. Sin embargo, también tiene relación con los procesos racionales mediante los cuales el hombre utiliza a la naturaleza como herramienta para expresarse, al mismo tiempo de obtener otros beneficios.

Se trata, pues, de un concepto que engloba en pequeñas proporciones partes de múltiples disciplinas, tales como la agronomía, la arquitectura, la sociología, la ecología, el arte y la cultura, entre otras.

El “landscaping” o paisajismo está tan arraigado a nosotros que forma parte de la historia universal y nuestra cultura.

La necesidad de las personas de volcarse al paisajismo es cada vez mayor, ya sea por controlar la contaminación, como efecto contra la angustia y la neurosis colectiva en contraste con las grises y aceleradas urbes; como recreación, o bien para tratar de conservar la belleza y la diversidad existentes. Planificación, creatividad, organización, imaginación, etcétera, son los medios por los que se manifiesta el paisajismo.

Me parece que el paisajismo, el espacio público y la movilidad se encuentran vinculados.

Si bien es cierto que el territorio nacional cuenta con una gran variedad de paisajes, también es verdad que lo anterior no garantiza una riqueza similar o equilibrada de recursos naturales, situación que ha dado lugar a una gran dispersión de asentamientos humanos que, en busca de sus parcelas vitales, se han acomodado a todo lo largo y ancho del territorio nacional.

Para muestra de lo anterior, un botón en Cuernavaca, localidad caracterizada por la vertiginosa desaparición del espacio público y el deprimente aspecto de sus calles.

La fisonomía de nuestra capital provoca entre propios y extraños la percepción de inseguridad, suciedad y tensión constante. Ni hablar del tránsito vehicular. Todo ello sin reflexionar en lo mínimo respecto a la delicada naturaleza que Cuernavaca tiene como un sitio ciento por ciento turístico.

Alguna ocasión, en Cancún, escuché decir a un prestigiado empresario hotelero: “Nuestro sistema lagunar es sumamente delicado, pues no admite mínimos de contaminación”. Yo aplicaría la misma expresión al caso de Cuernavaca, territorio que jamás debió tolerar y mucho menos admitir la explotación irracional de recursos, siempre presente en medio de la impunidad y la corrupción oficial.

Infinidad de ocasiones me he referido al paso de determinados alcaldes emergidos no sólo en periodos gubernamentales priístas, sino también durante los 18 años de la alternancia en el poder local, a quienes se deben los pésimos agravios sociales aún latentes. Recuerdo a un alcalde en el periodo 1985-1988 otorgando su beneplácito al irregular aprovechamiento de predios situados en la colonia Chapultepec para la construcción de plazas comerciales. Uno de ellos se destinó a la edificación de una enorme tienda departamental, cuyas aguas residuales, lejos de ser conducidas a una planta tratadora y a la entonces exigua red de colectores, tenían derivaciones clandestinas hacia ramales del manantial Chapultepec, del cual se abastecían de agua pura decenas de colonias aledañas. Tuvo que intervenir el entonces gobernador de Morelos, Lauro Ortega Martínez, para frenar aquel delito de lesa humanidad.

El Ayuntamiento comenzó recientemente un modesto programa de rehabilitación de glorietas y camellones -en avenidas principales- a fin de embellecer el aspecto citadino. Ambas acciones oficiales encuadran en el “landscaping” o el paisajismo. Esta acción debe ser apoyada por quienes nos enorgullecemos de ser cuernavacenses, pero también por los morelenses de residencia.

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