LA CONSULTA DE PILATOS

POR JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ
Grupo Reforma
Octubre 22 de 2018

El primer acto de gobierno precede al gobierno. Antes de tomar posesión del cargo, Andrés Manuel López Obrador ha tomado una decisión que lo retrata. Es su primer acto de gobierno. Ha convocado a una consulta para determinar la suerte del nuevo aeropuerto. Es una farsa y no puede considerarse de otra manera. Un engaño que debe ser denunciado, un experimento que no se debe repetir.

La consulta es un lamentable y preocupante inicio. Se presenta demagógicamente como la expresión de un pueblo que toma por sí mismo una decisión importante. Un progreso democrático, el acceso a una participación más viva e intensa. Un generoso regalo del presidente electo, invitando a los ciudadanos a resolver un dilema. El obsequio es, en realidad, una trampa. Se pide a los votantes que asuman una responsabilidad para que se esconda quien debe asumirla. Es una consulta de Pilatos: una estrategia para burlar la responsabilidad de gobierno. El presidente electo pretende decir que la decisión no la tomará él. Tras anunciarse el resultado, levantará las manos al aire como un hombre desarmado y dirá: el pueblo ha hablado, acataré su voluntad. No se hable más, el pueblo ha decidido. Se intenta hacer del pueblo el escudo que protege al gobernante de la crítica, un aceite para que la responsabilidad ineludible se le resbale del cuerpo.

La consulta no es un intento de conocer la voluntad de la gente. Su diseño no tiene ese propósito. La consulta tiene como objetivo declarar la inocencia del presidente electo en una decisión crucial para el despegue de su gobierno. Es una treta. No lo digo porque piense que el resultado esté definido de antemano. Creo que hay auténtica incertidumbre en el proceso. La balanza puede inclinarse a uno u otro lado. El resultado es, en buena medida, impredecible. Precisamente por su truculenta organización, es imposible anticipar el resultado con mecanismos demoscópicos. Nadie sabe quién acudirá a votar. Lo que sí se puede adelantar es el cuento al que servirá. El presidente se lavará las manos con la consulta. Si en la votación se decide abandonar el proyecto de Texcoco, López Obrador dirá que ha sido el pueblo quien tomó la decisión. Nos dirá que él no es el enemigo de las inversiones, ni es él quien derrocha los recursos ya invertidos, ni es él el responsable de una decisión que generará desconfianza económica. Ha sido el pueblo. Y lo único que procede democráticamente es obedecer. La consulta pretende blindar al presidente del cuestionamiento: si hay alguien en contra de la resolución, se pondrá en contra, no del gobierno, sino del pueblo mismo. Si el resultado es el contrario sucedería lo mismo con los simpatizantes del movimiento lopezobradorista que coinciden con los argumentos del candidato en contra del nuevo aeropuerto. El presidente no tendría necesidad siquiera de dar argumentos, de explicar su viraje. López Obrador no sería el traidor que se desdice. No asumiría frontalmente la responsabilidad de cambiar de opinión. No me cuestionen a mí, dirá. Fue el pueblo. Se trata de usar el voto como un escudo frente a la crítica.

La consulta confirma que el desprecio por el armazón institucional de la república sigue presente en la política del presidente electo. La constitución prevé un mecanismo para que la gente decida por sí misma asuntos de interés nacional. López Obrador ha decidido ignorarlo y pasar por alto sus prevenciones. Proclamar que algo ha sido decidido por el pueblo es cosa seria. Por eso la ley define plazos para las consultas, cuida la manera en que se puede plantear una pregunta, da parte al órgano judicial para que examine la constitucionalidad del ejercicio, responsabiliza a un árbitro imparcial del conteo y exige un mínimo de participación para que la consulta tenga efectos. Nada de esto está presente en la farsa a la que se nos convoca. Nada. No la organiza un órgano neutral, no hay garantías de imparcialidad, la pregunta es tramposa, no hay mínimos de respuesta.

Nadie puede decir que, de la consulta, emergerá la voz del pueblo. Consultar a un astrólogo sería tan democrático como lo que ha decidido hacer el presidente electo con el generoso financiamiento de su partido. Podría tener, además, el mismo efecto jabonoso: yo no quería que el aeropuerto quedara ahí, pero Santa Lucía tiene a Venus en Sagitario.

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