RECORDANDO A DON LAURO Y LA APERTURA DE SU GOBIERNO EN EL SEXENIO 1982-1988

CINTARAZOS
GUILLERMO CINTA FLORES
7 de octubre de 2019

Cuauhtémoc Blanco Bravo todavía es un personaje bien identificado en el deporte de las patadas a nivel internacional, pero cuyo conocimiento sobre la política, economía, cultura, demografía, historia, problemática social y geografía morelense era limitado o inexistente cuando llegó a Cuernavaca en enero de 2015. Cualquiera sabe que fue candidato del PSD a presidente municipal de nuestra capital mediante un contrato, triunfando en el proceso electoral de junio de dicho año.

Aquel desconocimiento respecto a los problemas y desde luego de toda la clase política en su conjunto, se hicieron evidentes durante el paso de Blanco por la alcaldía.

Y hoy que es el titular del Poder Ejecutivo, gracias a los votos emitidos por el electorado a favor de López Obrador el 1 de julio de 2018, apenas va conociendo el intrincado y sinuoso manejo de la administración pública y los conflictos socio-políticos. Es importante subrayar que lo peor para “El Cuauh” no ha cesado, pues tiene enfrente a centenares de personajes de la vida pública morelense desplazados y ofendidos por quienes hoy se encuentran todavía adscritos al grupo gobernante. Todos esperan el momento de la venganza, a la manera de López Obrador contra Eduardo Medina Mora.

Antes de tomar posesión como gobernador, hubo en torno a Cuauhtémoc Blanco definiciones sobre hombres y mujeres que le acompañarían en el gabinete legal y el ampliado, presuntamente durante todo el sexenio. A un año de distancia, Blanco no ha hecho cambios significativos de figuras que llegaron con él. No hemos visto en Morelos un conflicto de grave envergadura capaz de tambalear la estructura del gobierno estatal. Será por suerte, o quizás por la eficiencia de ciertos funcionarios, pero no se ha presentado el detonador de una crisis.

Fue fácilmente perceptible, desde octubre de 2018, las consecuencias de que una persona determinada ascienda a altísimos niveles de poder y control ante la imposibilidad física de conocer a un número suficiente de hombres para que ocupasen las posiciones políticas de alto nivel. “El Cuauh” echó mano de quienes se la jugaron con él en el ayuntamiento cuernavacense, y varios conservan la chamba en el Poder Ejecutivo.

Empero, también fue constatable la confirmación del proceso desarrollado por políticos mexicanos a lo largo de muchas décadas, a fin de colocar en cargos clave a personas de toda su confianza. ¿Cómo sucedió esto? Mediante el nepotismo, el personalismo, la cooptación y las complicidades.

Sin embargo, el caso de Cuauhtémoc Blanco no era nuevo, pues lo vimos entre la mayoría de gobernadores de Morelos que sucumbieron ante el personalismo, la desconfianza y la falta de criterio para designar funcionarios.

Pero hubo una excepción en la figura de Lauro Ortega Martínez (sexenio 1982-1988), a quien siempre pondré como ejemplo de apertura y oxigenación constante a toda la estructura de la administración pública estatal. Sin lugar a dudas, ello le sirvió para trascender históricamente.

Algunos teóricos sobre el reclutamiento de la clase política mexicana han analizado el concepto del personalismo, fenómeno que se presenta cuando un gobernante debe integrar su gabinete recurriendo al nombramiento de gente de confianza, allegados, etcétera, lo cual Don Lauro evitó en su gobierno.

A un año de iniciado su gobierno, surge la inevitable pregunta con relación a Cuauhtémoc Blanco: ¿Tiene el criterio y la libertad para abrir su administración? Me temo que no, pues no conoce a los morelenses.

Infortunadamente para sí mismos, los más importantes personajes del grupo gobernante están aún ensoberbecidos por el triunfo de 2018, al grado de no respetar la oriundez, el desarrollo, la experiencia y el arraigo de muchos, muchísimos morelenses que podrían ser útiles para conseguir el desarrollo integral de la entidad.

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